Entre las viejas y nuevas generaciones de fanáticos, Canelo es un como un cuchillo que por un lado lastima y por el otro acaricia. Nada irreal, apenas una definición metafórica de esa dicotomía existencial entre un mundo perdido donde cada campeón debía pelear cada tres semanas o a veces menos y un nuevo escenario, donde alcanza con cumplir un par de compromisos al año, para ganar lo que en el pasado no se lograba en una vida entera.

El mexicano es el púgil mejor pagado del planeta, tiene una larga fila de rivales esperando enfrentarlo en su peso (mediano), una larga lista en un peso invadido (supermediano) y otra larga lista en pesos que ya no puede dar (welter y super welter).

Pero él está empeñado en enfrentar al campeón semipesado OMB, Sergey Kovalev y no otro. Tal es así que lo esperará el tiempo que sea, siempre y cuando el ruso venza su pelea de este sábado contra Anthony Yarde.

¿Es un capricho o un acuerdo pre pactado con condiciones ventajosas? Ni una cosa ni la otra, solo la realidad de un presente donde las metas deportivas se subordinan a las metas mediáticas. Y el 2019 en la carrera de Canelo es un claro ejemplo: dos peleas, dos nuevos títulos y en medio de esa facilidad, el CMB lo nombró campeón franquicia. La narrativa está lista, el mundo la consumirá, la distribuirá por las redes y se justificará toda la inversión. No por un acaso gana más de treinta millones de dólares por pelea.

Es solo una cuestión de negocios. Eso explica todo, hasta la locura de pelear en 175 libras.