Al hablar de Iron Man, imagino el mismo asombro en todos los fanáticos que asistimos a sus últimas revelaciones, esas escandalosas declaraciones que han servido para vender el libro de su vida.

En una entrevista para la cadena ESPN, Tyson reveló que en muchas ocasiones utilizaba muestras de orina de su esposa y luego, durante los embarazos de la misma, recurría a la de sus hijos. De esa manera, siempre lograba que el resultado del control fuese negativo. Además de eso, para engañar al médico que supervisaba el examen, utilizaba un pene falso para intercambiar la orina.

Pero hubo otra confidencia alucinada. En el más reciente episodio de su podcast ‘Hotboxin’, reveló que en su rancho en California suele fumar cada mes el equivalente a 40.000 dólares en marihuana.

Sus revelaciones tuvieron un impacto increíble. Posicionaron su video podcast en Youtube y abrieron la ventana promocional a su libro “Undisputed Truth” seis años después de salir al mercado editorial. Allí, además de contar su vida, se refiere al consumo de cocaína en 2002 y los tres años en que pasó en la cárcel acusado de violación sexual a la reina de belleza Desirée Washington, entre otras cosas.

Vamos por partes. En general y con excepciones, cada boxeador tiene una historia dramática detrás. No por un acaso es el deporte sobre el cual se han escrito más libros y se han filmado más películas. El aspecto incongruente en la historia de Tyson, es la falta de consecuencias a sus revelaciones. Nos estamos refiriendo a una leyenda con títulos y medallas como amateur, campeón mundial de todos los organismos y que ingresó al Salón de la Fama en 2011. Pues resulta que Tyson nos engañó a todos. Resulta que se drogaba. Resulta que quienes lo vimos pelear debemos preguntarnos si su poder destructivo era consecuencia directa de sustancias prohibidas. Fue un timo. Ahora lo reconoce, se divierte contándolo y quizás produce marihuana en homenaje a todo lo que utilizó de manera ilegal para ser ese campeón de leyenda.

Ante ello hay una sola pregunta, ¿cuándo levantará la mano algún dirigente de los organismos, medios o instituciones que ayudaron a encumbrarlo y gritará lo obvio: ¡quítenle todos los galones a ese tipo! Como se los quitaron, bien quitados en su momento, a Lance Armstrong o a los olímpicos Ben Johnson y Marion Jones. Me cuesta creer que ocurra, pero manifestar esta duda me quita un gran peso de encima al escribirla. Está dicho.